Hablar de bibliotecas verdes es hablar de mucho más que ahorrar electricidad, reciclar papel o mejorar la eficiencia energética de los edificios. También supone pensar cómo se compran y comparten los recursos, qué oportunidades de aprendizaje se ofrecen y de qué manera participa la comunidad. La sostenibilidad tiene una dimensión ambiental, pero también social y económica. Por eso, una biblioteca puede avanzar en esta dirección sin esperar a disponer de un edificio nuevo o de un gran presupuesto. A menudo, el punto de partida está en revisar lo que ya se hace, escuchar al personal y a las personas usuarias, y encontrar mejoras que puedan mantenerse en el tiempo.

Para acompañar ese proceso, la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA) ha publicado IFLA Guidelines for Green Libraries – Step-by-Step Implementation Manual, un manual práctico de aplicación de sus directrices para bibliotecas verdes. El documento, presentado por la sección de Medio Ambiente, Sostenibilidad y Bibliotecas (ENSULIB), está disponible gratuitamente y se ha concebido para poner en marcha cambios de manera gradual y adaptada. Lo ha elaborado un equipo internacional de profesionales de bibliotecas, con participación de ENSULIB y otras secciones de la IFLA, bajo la coordinación de Petra Hauke. Su propósito es ayudar a bibliotecas públicas, universitarias, escolares, nacionales y especializadas a trasladar las recomendaciones generales a decisiones concretas.
El manual organiza ese recorrido en ocho pasos: asumir un compromiso institucional, formar al personal, revisar las operaciones, cuidar las colecciones, desarrollar servicios, atender los aspectos legales y éticos, mejorar los edificios y evaluar los resultados. Primero presenta las bases de cada ámbito y después ofrece una lista de comprobación con ejemplos para empezar. Se completa con veinte plantillas y ejemplos de documentos y dos carteles que las bibliotecas pueden adaptar, desde encuestas y planes de acción hasta materiales para comunicar sus compromisos. Todo ello se relaciona con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y con una idea que recorre la publicación: cada biblioteca puede avanzar gradualmente según sus recursos y las prioridades de su entorno.
Cómo preparar al equipo, revisar el trabajo diario y colaborar con la comunidad
El primer paso no consiste en comprar equipamiento, sino en acordar qué quiere conseguir la biblioteca. La IFLA propone hablar de sostenibilidad con la dirección y el personal, crear un grupo de trabajo y reflejar ese compromiso en los planes y documentos de gestión. También invita a incorporar al menos un objetivo relacionado con esta materia en la planificación anual. La formación ocupa el segundo paso: conocer las prácticas sostenibles, compartir ideas y aprender a orientar a la ciudadanía hacia información fiable sobre el medio ambiente. Entre los ejemplos del manual aparecen una reunión interna de una hora, una encuesta al equipo y un buzón para recoger propuestas que puedan convertirse en acciones.
A continuación, la guía mira a las tareas más habituales. Recomienda reducir impresiones, configurar los ordenadores para ahorrar energía, apagar los dispositivos que no se utilizan y favorecer compras responsables, materiales reutilizables y desplazamientos sostenibles. En bibliotecas pequeñas, estas tareas pueden coordinarse desde una sola persona o un grupo reducido. Las colecciones también forman parte del cambio: la IFLA plantea seleccionar materiales duraderos, facilitar el acceso equitativo a los recursos digitales, mejorar la localización de contenidos ambientales mediante materias o metadatos y compartir fondos cuando sea posible. El préstamo interbibliotecario, la conservación responsable del patrimonio y la diversidad de perspectivas son otras líneas de trabajo incluidas en el documento.
Pero una biblioteca verde también se reconoce por lo que hace junto a su comunidad. El manual propone consultar los intereses locales antes de programar actividades y colaborar con escuelas, asociaciones y otras entidades. Entre sus ejemplos figuran talleres para reducir residuos domésticos, encuentros sobre ahorro de agua, huertos urbanos o reparación de objetos, así como proyectos de ciencia ciudadana para observar la biodiversidad o las condiciones ambientales. También recomienda que las actividades sean accesibles y tengan en cuenta diferentes edades, idiomas y situaciones personales. No se trata de reproducir todas estas propuestas, sino de escoger las que respondan a necesidades reales y puedan sostenerse con los medios disponibles.
Cómo mejorar los espacios, actuar con transparencia y medir los resultados
La propuesta de la IFLA incluye cuestiones que pueden pasar inadvertidas cuando se piensa en sostenibilidad. Por una parte, recuerda la importancia de cumplir la normativa ambiental, actuar con transparencia y evitar presentar como logros resultados que no se han demostrado. También pide respetar y reconocer los conocimientos locales, tradicionales e indígenas cuando se incorporan a las actividades. Por otra, dedica un paso a los edificios y al equipamiento: iluminación eficiente, menor consumo de agua, mobiliario duradero, accesibilidad y soluciones adaptadas al clima de cada lugar. En el caso de las colecciones patrimoniales, señala que el ahorro energético debe ser compatible con las condiciones necesarias para su conservación.
El último paso es comprobar si las medidas funcionan. Para ello, el manual recomienda revisar facturas de energía y agua, registrar actividades, escuchar a las personas usuarias y compartir los resultados con el equipo y la comunidad. Sus anexos facilitan mucho ese trabajo: incluyen un modelo de plan de acción con responsables y plazos, una ficha de seguimiento semanal o mensual, una encuesta sobre intereses locales y ejemplos de evaluación del consumo energético y de los talleres realizados. También incorpora carteles para explicar qué es una biblioteca verde y mostrar el apoyo a los ODS. Son propuestas para adaptar, no formularios obligatorios ni pruebas de resultados alcanzados por otras bibliotecas.
Una de las aportaciones más útiles de este manual es que permite empezar sin intentar hacerlo todo a la vez. Una biblioteca puede reunir al equipo, elegir una mejora asumible, decidir quién se ocupará de ella y comprobar después qué ha cambiado. A partir de ahí, podrá plantearse nuevos objetivos y buscar alianzas. Este enfoque conecta con otras experiencias y recursos sobre bibliotecas verdes y acción sostenible desde la comunidad que ya hemos compartido en Comunidad Baratz. La guía de la IFLA añade herramientas concretas para pasar del propósito a la práctica. Porque cuidar el entorno también forma parte de cuidar a quienes utilizan y hacen posibles las bibliotecas.